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Ana Mendieta

La muerte prematura de Ana Mendieta y el carácter efímero de sus creaciones han contribuido a que su obra, poética y crítica al mismo tiempo, se conozca de un modo insuficiente en la actualidad. Nacida en La Habana en 1948, en una familia acomodada, fue enviada a Estados Unidos a los doce años junto con su hermana Raquelín, y se crió en distintos orfelinatos americanos.

Las condiciones en que creció -el exilio, la pérdida y la marginación, como mujer y como hispana- conformarían su producción artística posterior, aunque sin caer nunca en actitudes panfletarias o particularismos autobiográficos. Mendieta asume un compromiso con su cultura de adopción, y a través de su obra articula una crítica de la sociedad que la rodea, con un fuerte contenido político feminista y en defensa de la identidad de las minorías.

 

Las primeras performances de esta artista se gestan durante su etapa de formación universitaria en Iowa, hacia la segunda mitad de la década de los setenta. En aquel momento se preconiza una obra de arte menos objetual, más interactiva con el paisaje natural y urbano, más experimental y mucho menos exigente con la permanencia física. De ahí la falta de interés de Mendieta por la resolución estética frente a su compromiso con los materiales y el proceso.

 

Desde los inicios de su actividad artística, el cuerpo tiene una presencia destacada en la obra de Ana Mendieta: constituye su tema y su obsesión. La artista se siente atraída en particular por el cuerpo de la mujer, que para ella es el sujeto pasivo de la violencia, el erotismo y la muerte, y a la vez es el instrumento y el material para la producción de arte. De acuerdo con esta premisa, su propio cuerpo se convierte en eje de sus performances, acciones que parten de la misma idea del cuerpo femenino como víctima del crimen y la violación, pero también como lugar sagrado. En este sentido, las performances de Ana Mendieta son auténticos rituales de purificación, donde la sangre, con sus connotaciones mágicas y sus claras alusiones al sacrificio, asume un protagonismo inquietante. En Death of a Chicken (Iowa, 1972), la artista, completamente desnuda, decapita un pollo y lo deja desangrarse a la altura de su pubis. Sin duda, la fascinación de Mendieta por la leyendas y prácticas religiosas afrocubanas que conociera en la infancia se refleja en esta faceta de su obra. En cambio, Rape Scene recrea el escenario de una violación y un crimen.

 

Más adelante, las performances de Mendieta derivan hacia una serie de obras que tituló Siluetas. En estas nuevas manifestaciones, la artista traslada su ámbito de trabajo a la naturaleza, eliminándose ella misma como objeto material de su arte. A partir de ese momento ya no le interesa tanto su propio cuerpo como la huella que deja ese cuerpo. Inicia así un período de intensa relación con los cuatro elementos básicos de la existencia orgánica: la tierra, el fuego, el aire y el agua. Mediante las Siluetas, la artista juega con la dialéctica presencia-ausencia. La pisada, los contornos de un cuerpo realizados con ceniza, velas, flores, nieve o tierra aluden constantemente a las relaciones entre la muerte y la resurrección. Se trata de un retorno de la artista a la tierra, de metáforas que explican el regreso al útero (la madre que se quedó en Cuba), de un enterrarse en la tumba (muerte), de la regeneración de la vida (la silueta del cuerpo dibujada con flores), y en definitiva, de la libertad.

 

La exposición que presentaba la Fundació Antoni Tàpies se concebió con un carácter retrospectivo. Básicamente, constaba del material gráfico (películas y fotografías) que Ana Mendieta realizó para ilustrar y documentar su obra. Por otra parte, se recrearon tres instalaciones o Siluetas: Burial of Ñáñigo (Nueva York, 1976), y dos obras sin título que datan de 1977 y 1978, creadas en Iowa. La muestra recogía asimismo esculturas y dibujos realizados entre 1981 y 1985, el año de su muerte.