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Antoni Tàpies. Objetos

La producción objetual de Tàpies constituye una parte importante de su obra de madurez. Tal como ocurría con las pinturas matéricas, Tàpies pretendía vincular con los objetos su obra a lo que es real, concreto y material.

A finales de la década de 1960 Antoni Tàpies acentuó el trabajo con objetos. Este interés, sin embargo, no era nuevo. Tàpies ya se había adentrado en el mundo de los objetos desde el inicio de las pinturas matéricas, incluso antes si se tienen en cuenta obras como Capsa de cordills (Caja de cordeles) y Fils i argolla (Hilos y argolla), ambas de 1946. En 1956 realizó para el escaparate de la tienda de ropa Gales del Passeig de Gràcia de Barcelona la obra Porta metàl·lica i violí (Puerta metálica y violín).

Esta intervención se enmarcaba en la creación de cinco escenarios navideños organizados por Alexandre Cirici. Con una voluntad provocativa, Tàpies trasladaba al interior de una tienda burguesa un objeto estridente y feo que suele estar en el exterior de los comercios, y lo contraponía a un violín: el arte nuevo en oposición a lo que es tradicional y clásico, la poesía de la calle en oposición a la institución cultural.

La producción objetual de Tàpies constituye una parte importante de su obra de madurez. Tal como ocurría con las pinturas matéricas, Tàpies pretendía vincular con los objetos su obra a lo que es real, concreto y material. Por ello, los objetos que atraían su atención formaban parte de su entorno, como pilas de platos o de periódicos, escobas, sillas o servilletas dobladas.

Tàpies los incorporaba a la superficie del cuadro, hacía ensamblajes o los representaba sobre una superficie bidimensional. Algunas de estas obras aluden a episodios concretos, tales como Pila de plats (Pila de platos, 1970) y Escombra (Escoba, 1965), que hacen referencia a los hechos de la Caputxinada (1966); otros dejan traslucir el fértil intercambio de ideas con el poeta visual Joan Brossa, como es el caso de Ouera i diari(Huevera y periódico) y Mirall i confeti (Espejo y confeti), ambas de 1970. En todo caso, eran objetos con los que el artista se sentía identificado: objetos banales, usados, de muy poco valor, sin ninguna carga narrativa o anecdótica.

Tàpies no quería, como habían reclamado los surrealistas unas décadas antes, crear conexiones ocultas entre el consciente y el inconsciente, sino presentar objetos anodinos pero auténticos. Este trabajo con objetos coincide con un incremento de su compromiso político. En vez de concebir una política pública, impracticable bajo la dictadura, Tàpies instituye el territorio de la intimidad.

La exposición se completa con unas notas manuscritas de Joan Brossa, dirigidas a su compañera Pepa Llopis y que pertenecen al ámbito doméstico, esparcidos entre los objetos de Tàpies.

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