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Robert Motherwell

Robert Motherwell (Aberdeen, Washington, 1915 – Provincetown, Massachusetts, 1991) estudia filosofía y estética en las universidades de Stanford y Harvard. En otoño de 1940 llega a Nueva York e ingresa en la universidad de Columbia para estudiar con Meyer Schapiro, quien le anima hacia la práctica artística y le introduce en los círculos de los creadores europeos exiliados en Estados Unidos.

De los surrealistas aprende la noción de automatismo psíquico, un principio que ya no abandonará nunca más. También se remonta a aquella etapa de formación el uso de técnicas cubistas como el collage, que le acompañará como un contrapunto de la pintura a lo largo de su vida.

Hasta los 25 años, Motherwell se había mantenido en una posición de observador. Sin embargo, el verano de 1941 hace un viaje a México con el surrealista chileno Roberto Matta que marca un punto de inflexión en su trayectoria. Este viaje le decanta definitivamente hacia la práctica pictórica y le pone en contacto por primera vez con la cultura hispánica, una temática que se hará recurrente en su obra.

De nuevo en Nueva York, Motherwell inicia un período de intensa actividad. Frecuenta a otros artistas americanos de su generación: Rothko, Baziotes, Pollock, Gottlieb, De Kooning, muchos de los cuales pasan por la estimulante galería de Peggy Guggenheim. El crítico Harold Rosenberg escribe: «Para ellos, la pintura moderna no se ajusta a un ideal filosófico consciente, sino a un esfuerzo sensual, psíquico e intelectual de carácter individual para vivir activamente en el presente.» Esta «rebelión particular» se halla en los orígenes del expresionismo abstracto norteamericano, una de las corrientes artísticas más relevantes de la segunda mitad del siglo XX.

Robert Motherwell ocupa una posición singular dentro de este movimiento; es una figura aislada en medio del círculo. Por su amplia formación, es esencialmente un humanista: tiene un hambre insaciable de conocimiento, una voluntad de compromiso empático con las realidades más alejadas. La certidumbre de que hay que seguir lo que Kandinsky llamaba «necesidad interna» le sitúa directamente en el núcleo de la actividad artística de su tiempo. Entiende la acción creativa como interacción, no con un tema, con un ideal o una escuela, sino con los materiales del arte. «Cualquier pintor inteligente lleva toda la cultura de la pintura moderna en la cabeza. Ese es su auténtico tema…», afirma el artista en 1951. Su arte, como su mente, se mantiene abierto incluso cuando su expresión es más intensa.

El éxito fulminante que muchos artistas vinculados al expresionismo abstracto alcanzan muy pronto, entre ellos el propio Motherwell, convierte el movimiento en un mito. La exposición que presentó la Fundació Antoni Tàpies intentaba huir de cualquier mitificación y pretendía resituar la obra del miembro más europeo del expresionismo abstracto, destacando sus contenidos, sus orígenes y su desarrollo.

La selección de las setenta obras realizada por la comisaria de la exposición, la crítica Dore Ashton, con la colaboración de Joan Banach, de la Dedalus Foundation, se ha hecho con carácter retrospectivo. Contiene desde los primeros collages inspirados en el cubismo hasta las grandes telas que el artista llenaba de manchas verticales negras y aparentemente amorfas que sugieren figuras orgánicas, pasando por los dibujos de pequeño formato, auténticos embriones de su producción agrupada en series o suites de temática común y a menudo inspirada en la literatura, la historia o la vida personal. Es el caso de la serie Elegy to the Spanish Republic (Elegía a la República Española), motivada por la guerra civil española, o la dedicada al Ulysses de James Joyce.

Esta exposición enfatizaba la capacidad de Motherwell «de inventar y descubrir», explorando obras en las que cartografía un nuevo territorio, en un proceso que él solía llamar «viaje en la noche». También evidenciaba sus momentos de «alegría y diversión» al crear variaciones de temas recurrentes. Motherwell poseía un amplio registro emocional y puede decirse que su obra responde a múltiples estados de ánimo. Esos estados de ánimo -de la angustia al placer constructivo- configuraron el itinerario de esta muestra, que reunió cerca de 70 obras, entre grandes pinturas sobre tela, pinturas sobre papel, collages y dibujos.