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28/11/2006 - 1/12/2006

La imagen fantasma

Seminario dirigido por José Díaz Cuyás y Juan José Lahuerta

El siglo XIX, el periodo en el que se consolidan el saber y la práctica científica moderna, estaba fascinado por las sombras.

Al consabido gusto romántico por la noche, el sueño y las presencias invisibles, cabe añadir la enorme proliferación de poderosos artilugios de visión, auténticas máquinas de sombra, que evolucionan desde la cámara obscura o la linterna mágica hasta la fotografía y el cinematógrafo. La persuasiva verosimilitud de estas imágenes “ópticas” se abre a una nueva dialéctica que va a dar satisfacción, tanto al deseo de neutra exactitud de la mirada científica, como al deseo de ilusión mágica de los espectáculos populares. Entre ciencia y espectáculo se trazará una frontera imprecisa a través de la cual lo invisible puede llegar a hacerse, ahora, visible “científicamente”, y donde las inofensivas ilusiones mágicas vienen a constituirse en síntomas de las más inquietantes pulsiones de la mirada.

Con independencia de su intención cómica o seria, lo cierto es que el siglo XIX está plagado de imágenes fantasmales, y no debe de ser casualidad que la modernidad haya derivado del antiguo phantasma -aparición, imagen, espectro- dos categorías clave para la interpretación de sus propios síntomas culturales: lo fantasmagórico (para el modelo social) y lo fantasmático (para el modelo de sujeto). La expresión fantasmagórico surge en torno a 1800 y proviene del ámbito de los espectáculos de óptica, más en concreto de las innovadoras sesiones de linterna mágica celebradas en París, pocos años después de la Revolución. Étienne Gaspar Robert, conocido como Robertson, inventor del fantascopio, se apropió para sus “entretenimientos filosóficos” del nombre Phantasmagoría: resultado de añadir al término fantasma la terminación derivada agoréuo -yo hablo-. El vocablo tuvo un enorme éxito y pronto pasaría a constituirse en una nueva categoría cultural. En su tesis sobre el fetichismo de la mercancía, Marx descubría toda su potencialidad metafórica cuando afirmaba que en el capitalismo la relación social entre los hombres “toma la forma fantasmagórica de una relación entre cosas”. De este modo aludía al fundamento social de nuestras “ilusione fúnebres” y por extensión, al carácter ontológicamente ilusorio y espectral del estatus de lo real en el mundo desacralizado.

Lo fantasmático como categoría cultural surge aproximadamente un siglo después, en torno a 1900, y proviene, como uno de sus conceptos fundamentales -y en alguna medida, fundacionales-, del ámbito psicoanalítico. En general, alude a una estructura constituyente de la “realidad psíquica”, encubridora del deseo y estrechamente vinculada con lo escópico. Actualizado y potenciado por Lacan, el término fantasma sigue aludiendo a una estructura primaria de la subjetivación, pero perfila y restringe más su significado para convertirse en aquello que vela y enmarca lo real entendido como lo irrepresentable.

Lo fantasmático y lo fantasmagórico, como estructuras subyacentes en la vida del sujeto y en la vida social que toman como modelo la dinámica propia de la imagen, permiten, gracias a ello, una nueva articulación histórica a través de las imágenes de nuestras “realidades” psíquica y social. De aquí la pertinencia y el desafío de una apuesta como la que Georges Didi-Huberman hace por una historia de la imágenes consecuente con su actual valor epistémico; alejada de los vagos alegatos a favor de la interdisciplinariedad del debate postmoderno o de los estudios visuales, y que supone, por contra, una renovación y una expansión de la Historia del arte concebida ahora como la Historia de las -de nuestras- imágenes fantasma.

José Díaz Cuyás

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