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Texto de Sinan Antoon

Democracia y necrología

27 enero - 2 febrero 2005
Los muertos no votan, escribe Sinan Antoon. Pero en Iraq tampoco los cuentan

Cada acto de la actual y aparentemente interminable tragedia iraquí tiene una escena climática, a veces imaginaria, a veces dolorosamente real. Ahora nos acercamos a una de esas escenas, y podría llevar el título provisional de "las elecciones". Inicialmente anunciada como la gloriosa cumbre más allá de la cual se extendía la tierra prometida de la democracia, el ascenso se revela escarpado, si no letal. El crescendo, tan cruelmente planeado y torpemente representado como la narrativa global, se ha visto quebrado y disturbado, como tenía que ser, por los sonidos de explosiones, bombardeos, suicidios y otras gracias cotidianas que acompañan la liberación rumsfeldiana o su variante zarkaui. Tal vez la tragedia de Iraq consista en ser asolado por demasiados libertadores. El discursivo y retórico crescendo y su ruido festivo se ve cada vez más ahogado por voces de duda y disensión, y en defensa de aquellos excluidos del proceso, aquellos a quienes no se les ha asignado ni siquiera un escalón en el que acuclillarse detrás del escenario.

El caos logístico que ha dominado todos los aspectos del proceso de elección y la definitiva falta de seguridad están entre los múltiples obstáculos y problemas que pesarán sobre los resultados durante las décadas venideras. Y esto implica ignorar el defecto congénito de unas elecciones poco rigurosas, concebidas y realizadas bajo la ocupación militar y desprovistas incluso de la fachada de cualquier organismo internacional que pudiera garantizar su legitimidad. Su ominosa marca de nacimiento dice guerra civil en letras mayúsculas. Si algo garantizan esas elecciones es la institucionalización de la política sectaria. Que los monitores internacionales que teóricamente tienen que asegurar la equidad de esas elecciones lleven a cabo su tarea en Ammán, Jordania, a cientos de kilómetros de distancia de la frontera iraquí, subraya hasta qué punto se trata de una parodia.

Si bien no todas esas voces de duda y disensión están necesariamente motivadas por un auténtico compromiso con la democracia, o por un deseo de rechazar el espectro de una larga y sangrienta guerra civil, muchas de ellas sí lo están, y de un modo legítimo. La ironía de las ironías es que la distancia parece transmitir al electorado un valor añadido. Los iraquíes que viven, por ejemplo, en Londres o Detroit, la mayoría de los cuales no volverán probablemente a Iraq en los próximos tiempos, si es que vuelven alguna vez, tienen algo que decir en esas elecciones. Pero muchos de aquellos que viven (y mueren) en Fallujah, Mosul y otras ciudades y poblaciones de las provincias agrupadas bajo el llamado triángulo sunita, y que probablemente se verán mucho más afectados en lo inmediato por los resultados de esas elecciones que aquellos que viven en el extranjero, no podrán votar aunque lo deseen. Con esto no quiero decir que la diáspora iraquí no tenga nada que decir del futuro de su país natal, ni que los que viven lejos no tengan derecho a involucrarse activamente en su política. Al contrario, y creo que el tiempo demostrará que ellos, como otras comunidades de diáspora, tienen un papel crítico que jugar en las décadas venideras. Pero su influencia y peso electoral no debería superar al de los ciudadanos que viven en el interior de Iraq.

Mientras escribo estas líneas, se informa de que 300.000 ciudadanos que vivían en Fallujah antes de su aniquila/liberación, sólo han vuelto 10.000. Lo que encontraron esos que volvían fue una ciudad de fantasmas, una ciudad donde una casa en pie es una rareza. No hay agua corriente ni electricidad. Los cadáveres son abandonados a los perros callejeros y amplios sectores de la ciudad siguen siendo zona prohibida para muchos y siempre por razones oscuras. Las grandes promesas de reconstrucción y rehabilitación una vez la ciudad fue "liberada", pronunciadas por Estados Unidos y el régimen de Iyad Allawi hace unos meses, se han evaporado en el aire. Se les dijo a las familias que les darían 100 dólares como compensación por sus casas y el valor de las pertenencias acumuladas a lo largo de toda su vida. Qué broma tan cruel. Yo no los culpo por no sentir entusiasmo hacia los horizontes democráticos mientras se pudren en campos de refugiados a las afueras de la ciudad y se aclimatan a la desagradable vida de "los desplazados del interior". No son sólo los ciudadanos de Fallujah, los de Mosul o ni siquiera los predominantemente sunitas quienes boicotearán las elecciones o no podrán votar. Hay un bloque de votantes muy diverso y representativo, que llega a casi 100.000, ninguno de los cuales emitirá una sola papeleta. Los muertos, a menos que vivan en Florida, no pueden votar. La cifra de 100.000 corresponde al número estimado de víctimas civiles muertas desde la guerra, tal como sugería una encuesta llevada a cabo por investigadores de las Universidades Johns Hopkins, Columbia y Al-Mustansiriya.

A Estados Unidos "no le interesa" -esas fueron las palabras de Colin Powell- saber el número de muertes civiles. "Nosotros no contamos cadáveres" dijo el general Tommy Franks, el héroe de la guerra. No sólo eso; el ministro de Sanidad iraquí recibió la orden de detener su propio cómputo. Qué otra cosa podría esperarse de un gobierno que se esfuerza tanto en ocultar a la ciudadanía la visión de los ataúdes de sus propios soldados volviendo a casa.

Como es habitual, algunos criticaron rápidamente la metodología de dicha investigación, más preocupados con tecnicismos que por las muertes de civiles. Stalin acertó diciendo que "un muerto es un hito, un millón de muertos es una estadística". Como una gota en la pantalla, la historia y las cifras se apartan rápidamente, para que podamos ver clara la vía hacia la libertad que tenemos delante, sin adulterar. Cien mil morenos no puntúan tan alto en la escala Richter de compasión del mundo civilizado. Hay tantas otras tragedias en curso, desde Darfur a Palestina y por todas partes, en este vasto múltiplex, y todas demandan la atención de espectadores en el mundo civilizado. Yo, como muchos otros sospechan, a veces me dirijo en silencio a los 100.000 iraquíes civiles muertos: Si hubierais sido pájaros, tal vez vuestra desaparición habría causado mucho más escándalo. Podríais haber caído en masa sobre una metrópolis y nublado sus cielos durante unas horas en señal de protesta. Seguramente los meteorólogos y los observadores de pájaros lo habrían advertido. Si hubierais sido árboles, habríais formado un bosque magnífico cuya destrucción se habría sentenciado como un crimen contra el planeta. Si hubierais sido palabras, habríais formado un precioso libro o manuscrito cuya pérdida habría sido llorada en todo el mundo. Pero no erais ninguna de esas cosas. Y habéis tenido que morir silenciosamente, sin consecuencias. Nadie hará campaña por vosotros en estas elecciones. A nadie le preocupa representaros. No se ha emitido ni enviado ningún voto por correo para vosotros. Tendréis que esperar décadas para que os levanten un monumento, o un diminuto museo. Si tenéis suerte y provocáis sentimientos de culpa retroactiva, vuestros nombres quedarán inscritos en un muro, en alguna parte. Pero hasta entonces, tendréis que resignaros a vuestra niebla y formar un inmenso y silencioso coro de fantasmas, que condene a espectadores y actores. ¡Exeunt Omens!


Versión original: Antoon, Sinan. “Democracy and Necrology” [en línea]. Al-Ahram Weekly On-Line 727 (27 enero - 2 febrero 2005). <http://weekly.ahram.org.eg/2005/727/re4.htm> [Consulta: 12 abril 2006]

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